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September 20, 2010
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Capitulo 5

Oráculo
Verdad
Alzamiento


El asiento de cuero negro crujió cuando Luciel volvió a acomodarse en él. Intentaba saborear el dulce vino centenario, pero le sabía agrio como la leche rancia. No podía olvidar la cara de su hijo, Karthael, al ser expulsado de la orden de los Hijos de la Sombra. Él había dedicado su completa existencia a servir a la orden, hasta el punto de llegar a convertirse en el mejor de los asesinos... Al menos en parte. Sus más que conocidas tácticas se habían vuelto tan osadas, que poco a poco la filosofía sigilosa del asesino había sido reemplazada por un código personal de gloria y honor. Los Sombras eran letales, pero no eran guerreros. No era gloria lo que buscaban, si no servidumbre y anonimato. Eran un grupo de élite secreto, una fuerza que atacaba con precisión quirúrgica a sus objetivos, dejando a los demás ejércitos hacer el trabajo sucio de aplastar a quienes ellos debilitasen con el veneno, la daga, la confusión y la sombra. Karthael había llegado muy lejos para mostrar su valía a la orden...

- No, eso no es verdad - Dijo Luciel, dando otro sorbo a su copa. - Lo hizo para mostrarme su valía, como un niño que busca la atención de su padre. - Luciel se recostó en su sillón mientras  se hundía en sus pensamientos. "Era lo que debía hacer"- Pensó mientras intentaba dormir.

********************************************************

- ¡¡Mentira!! - Gritó Karthael al lanzarse contra Malendia, intentando apuñalarla con su daga. Su mente se negaba a creer que aquella mujer siguiera con vida, encegueciéndole en una violenta explosión. El filo atravesó a su víctima, pero no se clavó en la carne. La daga y Karthael atravesaron la nada, cayendo de bruces al suelo, como quien intenta apuñalar a la niebla. Respiró hondo para sofocar las repentinas náuseas que le dominaron, y miró con lentitud a su espalda: Seguía allí, inmóvil y tranquilamente de espaldas a él. Apretó con fuerza sus dientes e intentó volver al ataque, pero la mujer se volteó, mirándole severamente al tiempo que alzaba una mano.

- ¡¡Karthael!! - La voz de Malendia rugió como un trueno en la cabeza del elfo oscuro, que se detuvo, intentando calmarse. La sacerdotisa del ocaso acercó su pálida mano para tocar la mejilla de su hijo, cuyos ojos aun no podían creer lo que veía.
- Hijo mío... No puedes matarme. Ya estoy muerta. Lo que aquí ves es la voluntad de la Gran Madre Shilen. Mi misión es la de guiar al Paladín del Ocaso hacia el anochecer del mundo. Estoy aquí... Para guiarte. -
- ¿¡Guiarme!? ¿Con qué propósito? ¡He sido despojado de mi honor! ¿En qué vas a guiarme? - Gritó Karthael, la rabia apoderándose nuevamente de él.

Malendia le miró con seriedad y ocultó parte de su rostro con su capucha. Su hijo la miraba con una mezcla de incredulidad y preocupación hasta que esta comenzó a alzar el brazo por segunda vez. Con un dedo, apuntó al cielo estrellado y sonrió. Karthael miró con cautela a la sacerdotisa, siguiendo con la mirada la dirección en la que ella apuntaba. La impresión volvió a llenarle de nauseas.

- ¡Por todos los...! - En lo alto del cielo, la luna ardía con un fuego rojo como la sangre, con su centro gobernado por un ojo espeluznante que parecía mirarle. Karthael sintió como si su alma fuese absorbida por aquella diabólica mirada, mientras un peso agobiante le hizo caer de rodillas. Al apartar la mirada, notó que su nariz sangraba. "¡¿Qué era eso?!"

- Eso - remarcó su madre, como si le leyera la mente - Es la divina visión de la portadora de la noche. Los tiempos de paz y prosperidad terminan, hijo mío. La guerra de los dioses vuelve. Karthael, el destino te ha elegido como nuevo Paladín del Ocaso, para traer la guerra a todos aquellos que osen desafiar el poder de la Madre Oscura. -  
- ¿Un nuevo paladín? ¿Yo? - tartamudeó confundido.
- Como lo fue tu padre, Kiros. - dijo con una sonrisa maliciosa. - Tu verdadero padre.

La mirada de Karthael se endureció mientras miraba con desprecio a Malendia.

- ¿Mi padre? ¡Mi padre es Luciel, Maestro de los Hijos de la Sombra! ¡Él fue quien me educó y me enseñó todo lo que se! ¡Él fue quien...! - su rostro se ensombreció, enmudeciéndole.
- ¡Basta! - gritó llena de odio Malendia. - ¡No tienes ni idea de la grandeza de tu padre! Carisma, liderazgo, fuerza y sed de conquista... ¡Él fue uno de los más grandes guerreros que han existido jamás! ¡Su grandeza hizo que cientos quisieran seguirle, él alimentaba la sed de conquista de nuestro adormecido pueblo! - se detuvo brevemente, su semblante contorsionado se suavizó, recordando - Pero... Pero cuando todos veían en él lo que nadie veía ya en la nobleza, decidieron prescindir de él. -

La voz de la sacerdotisa estaba llena de sinceridad. Algo en el interior de Karthael suplicaba no escuchar más, pero sabía que esa historia era cierta. De algún modo lo sabía, siempre supo que había una realidad oculta relacionada con él y su hermano, y ahora estaba siendo revelada. Era conciente que después de esa noche, algo iba a cambiar en él para siempre y no lo deseaba, pero no pudo hacer otra cosa más que escuchar.

- La orden provino de los altos nobles. Encargaron el asesinato de Kiros y su descendencia a los mejores de los que disponían: los Hijos de la Sombra. La orden a la que has servido durante años fue la que le arrebató la gloria y el honor de tu familia, Karthael. Por orden de tu padre, nos oculté durante mucho tiempo en los bosques oscuros, sabiendo que su destino era inevitable. Murió como un perro cuando era un héroe por derecho propio. -

Karthael vio como una lágrima descendía por la mejilla de su madre. Él mismo estaba conmocionado. El padre que había idolatrado tanto, era responsable del destino de su familia.

- Cuando morí, maldije con toda mi alma mi fracaso y supliqué una última oportunidad, una sola... Solo una oportunidad para mostraros la verdad a vosotros, mis queridos hijos. ¡Solo una para ascenderos al lugar que es vuestro por derecho propio! Pero ese lugar solo te corresponde a ti, Karthael. Solo a ti se te ha elegido. Solo los fuertes pueden llegar a lo alto. -

Karthael enfundó su daga y respiró hondo. Dejó caer su cabeza hacia atrás y abrió sus ojos lentamente, mirando el ojo de la luna por segunda vez. Con una calma quirúrgica, dirigió su vista a su madre y volvió a respirar profundamente antes de hablar.

- Los Hijos de la Sombra ya no existen. Han caído en antiguos juramentos y ahora no son más que instrumentos para los planes de los nobles. No somos más que sus marionetas... No voy a permitirlo. La orden necesita una resurrección, una nueva doctrina...  Todo ha de cambiar. Luciel, Nalveth... Ellos me lo han quitado todo... ¡Todo! Yo... - Karthael hizo una pausa, con los ojos llenos de furia. - ¡Yo lo quiero todo, yo se los quitaré todo! -
- ¿Cuál es tu respuesta, hijo mío? - dijo Malendia, satisfecha.
- Pedías un Paladín del Ocaso, un héroe que traerá la noche al mundo. Aquí lo tienes. -

Malendia rió mientras alzaba sus brazos hacía Karthael y movía su báculo escribiendo complicados dibujos en el aire. Entonces aulló.

- Muéstrales la luna roja a tus Sombras, Karthael. Aquellos que vean el ojo, serán tus aliados. Aquellos que no... ¡deben ser destruidos!

********************************************************

Aquella noche, Neila tampoco pudo dormir. Ya habían pasado dos semanas y media desde los altercados que había provocado Karthael. Desde que Luciel había avergonzado a su hermano expulsándolo de la orden, se respiraba un asqueroso silencio en el corazón de los Hijos de la Sombra. Habladurías y chismorreos recorrían las estancias de la fortaleza negra, su cuartel general, ubicado en el mismísimo centro de la Ciudad Oscura. Habladurías que disgustaban a Neila. Muchos empezaron a cuestionar si Nalveth realmente tenía madera de líder, y si Luciel había tenido realmente buen juicio a la hora de elegirle como heredero. Nadie dejaba la orden si no era con la muerte y, para muchos, las últimas palabras de Luciel eran un simbolo inequívoco de que Karthael debía ser ejecutado.

- Ejecutado...- dijo tristemente Neila, aforrándose a su largo arco negro. Sentía pena tanto por su desdichado hermano, como por el silencio de Nalveth. Nadie adivinaría jamás la pena que él sentía por la suerte de su hermano, pues era un experto ocultando sus emociones, pero ella le conocía demasiado bien. Enfrascado en debates inútiles con la nobleza, ocupado por aprender rápidamente sobre sus deberes, Nalveth pasaba aquellos días siguiendo el protocolo oculto, jurando fidelidad a las altas esferas de la aristocracia… Demasiada pompa para un asesino.

Un viento arremolinado azotó a Neila, obligándola a volver en si. Inconscientemente, había caminado hasta uno de los bosques que rodeaban la ciudad. Se detuvo, pensando como podía ayudar a sus hermanastros. Sabía que asistir a Karthael sería visto por muchos como un signo de debilidad, pero no le importaba lo más mínimo. Ella debía...

- Bonita noche, ¿eh?-

La voz surgió de la nada, profunda y calmada, pero con una frialdad que le puso los pelos de punta. Sorprendida miró hacía atrás, escudriñando la oscuridad de la noche. De entre los arbustos se incorporó una gran figura, un elfo oscuro vestido con una cruel armadura negra, con los adornos punzantes típicos de la orden.

- ¡Karthael! ¡Demonios! ¿Dónde te habías metido? ¡Llevas dos sem...!-
- Shhh... - le interrumpió - Disfruta de esta noche, querida hermana. - dijo con una sonrisa inquietante - ¿Cómo está Nalveth?

Neila suspiró, relajada por la pregunta. A pesar del imponente ego de Karthael, no detectó ni el mínimo sentimiento de agresividad en él. Volvía a ser el hermano de siempre.

- Está preocupado por ti. Sabes que de los tres, siempre ha sido el más apegado a nuestra familia.- dijo Neila.
- Preocupado... ¡Ja! Pensaba que estaría borracho y rodeado de esos nobles holgazanes, celebrando su ascenso. No es justo, hermana...-
- Ha sido la decisión de padre...- Neila sintió un atisbo de furia en su hermano, pero ésta desapareció en un instante.

Karthael dio unos pasos en dirección a la ciudad, dando la espalda a su hermanastra. Neila no sabía porque, pero parecía otra persona. Intentó volver a hablar, pero se detuvo cuando él empezó a reír, suave y sinceramente. Una risa reconfortante y amable.

- Hoy es una de esas noches, ¿Verdad? Luna roja... Apuesto a que él vendrá. Vendrá a nuestro lugar especial. ¿No?- dijo con una sonrisa. - Dime hermana... ¿No esta hermosa la luna hoy?
-Si... Luna de Sangre, rojiza... Me trae hermosos recuerdos. ¿Vendrás a nuestra reunión familiar hoy, Kartha?-
- ¡Por supuesto! Pero antes quiero disculparme ante padre y ante... Nalveth. ¿Porqué no te adelantas, Neila?.- el corazón de Neila le decía que algo iba mal, pero no quiso desconfiar de su hermano.
- Ahí estaré, Kartha. Por nuestro hermoso resplandor rojo de la Luna de Sangre.-
- ¿Resplandor?- agregó el entre risas, al alejarse. - A mi me parece como si la luna me mirase con un ojo de fuego.-
- ¡Tu y tus bromas! ¡Solo intentaba darle poesía a la noche!- Respondió Neila.

No escuchó la espada de Karthael desenfundar mientras entraba en la ciudad...

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El rumor entre los Sombras se había extendido rápidamente. Algunos opinaban que muchos de los miembros se comportaban de manera extraña, evitando el contacto con los demás, volviéndose esquivos. Malek, considerado un veterano entre los Hijos de la Sombra, se había percatado de aquel extraño cambio de actitud entre camaradas, silencioso pero perceptible... Se lo decía su experiencia. Era como si el compañerismo se estuviese esfumando, como si intentaran aislar a algunos miembros. Algo ocurría.

- Salid, se que estáis acechando- dijo mientras miraba las oscuras calles a sus pies, desde el balcón donde se encontraba. Tres Sombras se acercaron a él. Vestían la armadura de cuero negro que se utilizaba cuando no estaban en guerra. Sin embargo, Malek notó algo inusual en el uniforme, guardabrazos color rojo sangre.
- Malek, tenemos que hablar contigo.- dijo uno de ellos.
- ¿De qué se trata?-
- Creo que ya lo sabes. Malek... Estoy seguro que lo sientes tu también. Sabes que algo está cambiando en la orden. Hemos luchado juntos durante más de un siglo, hemos visto todo tipo de situaciones, pero sé que sientes que desde el conflicto de Karthael, algo nos ha abierto los ojos... -

Malek se puso tenso y acarició su espada. ¿Estaban tratando de decirle que dudaban de la autoridad de Nalveth? Aquello solo podía llamarse traición, pero refrenó su ira al ver que aquellos elfos oscuros no iban armados. Se calmó y siguió escuchándoles.

- Malek, no hemos venido a luchar, hemos venido a mostrarte lo que se nos ha mostrado. Acompáñanos...  Deja que la luna te juzgue.-

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- Mi señor.- El mensajero se arrodilló detrás de Nalveth, quien permanecía sentado en el sillón destinado al Maestro de Asesinos.

Nalveth tenía la cabeza adolorida después de días de estúpidas ceremonias de juramento a la nobleza. Juramentos estúpidos y obsoletos, teniendo en cuenta que los Hijos de la Sombra no necesitaban tales ceremonias: Ellos acudirían a donde se les necesitase. Aquellos juramentos no eran más que meras puntualidades que desagradaban a Nalveth. Odiaba las ceremonias como aquellas, era como si los nobles disfrutaran pensando que les ponían un collar. Presionó con sus dedos su frente para aliviar un poco el dolor y miró al mensajero. Le extrañó que vistiese aquellos guardabrazos rojos, pero conocía aquel rostro, uno de los mejores hostigadores que disponía la orden, de modo que pasó por alto aquel detalle.

- Habla. ¿Qué sucede?.- dijo cansado.
- Señor, hemos localizado a Karthael.- dijo el mensajero. Nalveth olvidó por completo su cansancio, interesado.
- ¿Dónde?-
- En las ruinas de la escuela de las artes oscuras. Al parecer se ocultaba ahí. No obstante, no responde a nuestras palabras y reacciona con violencia ante nuestros movimientos. Señor... Ha pedido veros, pues solo esta dispuesto a hablar con el Maestro de Asesinos.-

Nalveth meditó unos segundos. No encajaba, había algo extraño en aquella información. No podía imaginar a su hermano escondiéndose como una rata y pidiendo audiencia con él. Sin embargo, estaba dispuesto a averiguar la verdad de aquel asunto. Ajustó su espada al cinturón y pasó al lado del mensajero mientras caminaba hacia la salida de la estancia.

- Guíame, mensajero.-

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La gran sala de reuniones estaba completamente abarrotada. La enorme bóveda de piedra negra se alzaba sobre la cabeza de Malek y terminaba en un inmenso tragaluz por donde se filtraba la rojiza luz de la luna. El palacete de los Hijos de la Sombra disponía de aquella sala, pero era rara la vez que se usaba y, por lo general, acostumbraba a estar vacía. Esculpida en la misma roca, aprovechaba una cueva natural como ventilación, siendo de los pocos lugares dentro de la ciudad oscura donde era visible el cielo del exterior. Cientos de Sombras reunidos, algunos con rostros serenos y confiados, otros como el propio Malek, llenos de sorpresa y confusión. Todos miraban la enorme cúpula, como si recibiesen la luz que brindaba. Algunos Sombras caían al suelo, incrédulos, y otros miraban con desconfianza a su alrededor, sin saber bien que estaba pasando. Súbitamente, en el centro de la sala, se alzó la figura de una sacerdotisa, vestida con una túnica azul y portando un ornamentado báculo. Desprendía un aura casi fantasmal que cautivó rápidamente a todos los presentes.

- ¡Venid! Oh, hermanos! ¡Dejad que la Luna de Sangre os juzgue! ¡Dejad que os muestre el verdadero camino, la senda que debéis andar, aquel a quien debéis seguir!- aulló Malendia - Hoy volveréis a nacer para ocupar vuestro verdadero lugar! ¡Convertíos en los seguidores del Paladín del Ocaso! ¡Dejad que el ojo de la luna os guíe!-

Malek estuvo a punto de gritar ante tal acto de traición. No podía ni creer que todos los reunidos estaban siguiendo tal desfachatez. Casi desenfundó su espada cuando un leve destello rojo captó su atención. Despacio, comenzó a alzar la cabeza, hasta que miró al cielo a través del tragaluz. La luna se alzaba majestuosa en el cielo, pero había algo extraño en ella. Malek no podía dejar de observarla y tardó unos momentos en darse cuenta de que temblaba de arriba a abajo. El sudor comenzaba a mojar su frente mientras la imagen se desvestía ante él: la luna ardía y un enorme ojo le miraba, como si le atravesara. Sintió con espeluznante claridad lo que tenía que hacer, como si algo que deseaba de corazón saliese por fin a la superficie, algo que había enterrado con juramentos, lealtades y devociones hacia una orden que no le otorgaba nada. Vio un nuevo destino lleno de gloria, lleno de muerte, sangre y terror, vio como todos les temerían... Su instinto más cruel y maléfico se despertó con tanta violencia que rugió mientras caía de rodillas. Jadeando, miró hacia abajo mientras gotas de sudor caían por su nariz hasta el suelo. Sintió a varios Sombras rodeándole y alzó la vista: Eran los tres Sombras que habían ido a buscarle.

- Ya lo has visto, Malek. Ya sabes lo que hay que hacer.- le dijo uno de ellos, entregándole unos guardabrazos rojos. Malek deseaba vestir aquellos guardabrazos y luchar en nombre del Paladín del Ocaso, por su victoria, la gloria, la sangre! … Pero en el último instante, su lealtad hacia el Maestro de Asesinos volvió, apartando de un manotazo los guardabrazos.
- ¡Esto es una locura!- Gritó.
El sonido de las espadas empezó a resonar en la gran sala. Los gritos fueron leves, las muertes rápidas. Todo aquel que no había visto el ojo fue asesinado. Malek fue el único que, después de haber podido contemplar el ojo y ser elegido, se negó a seguir a Karthael. Una daga le atravesó la garganta y su cadáver fue abandonado junto a muchos más, los sacrificios de la nueva orden.

********************************************************

Luciel se despertó sobresaltado. Se había quedado dormido con sus pensamientos. Con un leve quejido, intentó levantarse… Pero se detuvo al instante al notar que no estaba solo. Miró hacia adelante y vio una silueta que le observaba en la oscuridad.

- ¡¿Quién eres?! ¡Muéstrate!- espetó.
- Padre...- Karthael dio un paso al frente hasta quedar junto a Luciel.

Luciel le observó detenidamente, incredulo. Miró con recelo a su hijo adoptivo, ocultando apenas la alegría que siente un padre al encontrar a un hijo perdido. Pero el sentimiento duró poco. Algo había cambiado en él, no podía señalar particularmente que era, pero ese detalle innombrable le hacia ser totalmente diferente. Le volvía un ser temible y frío, incluso más de lo que había sido nunca. Karthael comenzó a reír nerviosamente, burlándose de la sorpresa de su padre.

- Te sorprendí, padre. ¿O no debería llamarte así? Maestro de Asesinos...-
- Ya no soy el Maestro de Asesinos.-
- Lo es Nalveth... O eso dijiste tu. Siempre... Siempre intenté ser el mejor por ti. Siempre me esforcé, para que te sintieras orgulloso de mi, para que me dijeras lo mucho que me apreciabas.- dijo arrodillándose y colocando sus manos enguanteladas sobre los hombros de Luciel, mientras hablaba con la cabeza agachada, la voz ahogada y casi aguantando el llanto.
- Karthael... Hijo mío... Yo...- Luciel apenas podía hablar, ahogando el llanto.

Con un rápido movimiento, las manos del hijo describieron un giro. El crujido del cuello de Luciel al romperse desgarró toda la habitación. Las carcajadas crueles de Karthael le siguieron.

- Adiós, "padre".-

********************************************************

Malendia entró en los aposentos de Luciel como una sombra fantasmal. Buscaba Karthael para presentarlo ante todos sus seguidores, pero no había el más mínimo rastro de su hijo. La sala era presa de un silencio perturbador, roto únicamente por los leves pasos de Malendia sobre la alfombra negra azabache. Llegó al centro de la sala, para ver el cadáver de Luciel, sentado sobre un sillón. No había el más leve indicio de resistencia. La sacerdotisa sonrió ante la sangre fría que había demostrado su acólito, acercó sus labios al oído inútil del cadáver y sonrió antes de hablar.

-¿Me recuerdas, Luciel? ¿Recuerdas cuando te dije que un día caerías? ¿Qué se siente, Oh Gran Luciel? ¿Qué sentiste cuando ordenaste el asesinato de mi hermano? Sabías que podías haberte negado... Sabías que no era una orden del Gran Tetrarca, si no una falsificación de nobles celosos, celosos del aumento descontrolado su estatus, de su poder. Sabías con total certeza que aquella orden era falsa, pero la ejecutaste por motivos propios, temías que él llegara a competir e incluso a eliminarte a ti y a tu orden, Oh Gran Luciel...- Malendia sostuvo por la barbilla la cabeza mutilada de Luciel, mirando sus ojos vidriosos - ¿Me recuerdas, Luciel? ¿Cuando aparecí como una desconocida, una sacerdotisa de la alta sociedad...? ¿ Recuerdas cuando te seduje para que me preñases el vientre, y así dar a luz a aquellos que iban a crecer con el odio hacia ti, su verdadero padre?- Malendia empujó el cadáver al suelo.

-Mi muerte fue un obstáculo. Nunca imaginé que tendrías la ternura de adoptar a los niños, a los que siempre desconociste, tus auténticos hijos. Pero parece que Shilen se regocijó con mi alma llena de odio y venganza, y me permitió volver como la sombra que soy. Fue fácil engañar a Karthael para que te eliminase. Solo tuve que alimentar su bestia interior, la bestia que siempre negaste ver en él, la bestia que siempre te negaste a amaestrar. Tu hijo se ha convertido en un verdadero monstruo, Luciel. Y no se detendrá hasta que lo haya devorado todo.- la autoproclamada Sacerdotisa del Ocaso le dio la espalda a la sala, desvaneciéndose en cientos de pequeños pedazos oscuros.
- Aquí termina el tiempo que se me ha dado. Es una lástima que no pueda ver como todo termina... Pero me doy por satisfecha. Que tu alma arda en el abismo, Luciel.- Aquellas fueron las últimas palabras de Malendia. Nunca más se la volvió a ver.

********************************************************

- Por aquí, mi Señor.- dijo el Sombra a Nalveth. Las antiguas estructuras de la escuela de las artes oscuras apestaban a los restos de energía y magia negra, que habían proclamado su ruina hacia años. Ahora era un nido de criaturas invocadas, frutos de la desesperación de sus Maestros. Pero eso no preocupaba en absoluto a Nalveth, que caminaba con paso seguro sobre las húmedas baldosas. Su mensajero, en cambio, caminaba despreocupadamente, sin molestia alguna, lo cual verificaba totalmente las sospechas del primero: Karthael no estaba allí. De ser así, su guía se hubiera preocupado por mantener un mínimo de sigilo. Llegaron hasta una antigua pasarela de acero negro, que crujía bajo el ataque incansable del óxido. Nalveth empezó a caminar más lentamente hasta detenerse. Al notarlo, su acompañante hizo lo mismo, enfrentándole.

- Ya basta. Ya es suficiente- dijo Nalveth
- ¿Señor?-
- Termina esta farsa. ¿Por qué me has traído hasta aquí?-

El mensajero vaciló un segundo y luego sonrió. Extendió su brazo lentamente hasta apuntar a Nalveth con su dedo índice. El Maestro de Asesinos se tensó, previniendo un ataque, pero se desconcertó al ver que el elfo oscuro comenzaba a alzar el brazo, apuntando esta vez al cielo.

- ¡Dime, Maestro de Asesinos! ¿Qué es lo que ves?- le espetó. Nalveth escrutó el cielo con prudencia. Las energías mágicas que aun permanecían en aquellas ruinas manchaban el aire con una tenue niebla morada, pero aun así la luna era totalmente visible. Roja y radiante en el cielo. Nalveth volvió a mirar al mensajero, que parecía estar cada vez más nervioso.
- No tengo tiempo para juegos estúpidos.- dijo. El mensajero tragó saliva.
- Entiendo... No has visto nada ¿Eh?- el sonido del cuero rasgándose contra el metal puso a Nalveth en alerta. El mensajero desenfundó una daga, lanzándose hacia él. - ¡Muerte al falso Maestro de Asesinos! ¡¡Gloria a Karthael!!-

Nalveth reaccionó con las manos desnudas. Fluyó a través de los movimientos de su atacante, esquivándole y agarrando su brazo. Aprovechó la inercia para doblarlo, rompiéndole el hombro. Dando un giró brusco, proyectó al Sombra contra el suelo del puente. El golpe metálico resonó como un eco por todas las ruinas. El Sombra intentó alzarse, pero tosió al darse cuenta que había sido apuñalado con su propia arma cuatro veces en el torso. Se estaba muriendo. Nalveth se reincorporó en silencio, intentando aclarar su cabeza, pensar en lo ocurrido. El Sombra agonizante pudo sonreír en el suelo.

- Ja...jaja... Tal como había dicho mi señor Karthael. No era rival para ti.-
- ¿Por qué has hecho esto?- dijo furioso.
- Solo era un señuelo... Tu has hecho que la orden se debilitase. Karthael nos ha mostrado nuevas metas... Nuevos sueños... No más servidumbre... No somos herramientas de la nobleza... ¡Somos asesinos, guerreros, las sombras del miedo y la muerte!-  ll mensajero tosió. - Karthael ha logrado que solo los fuertes permanezcan en la orden... Mientras tu estás aquí... Él... Él ya habrá visto a Luciel...- el Sombra rió ante la incredulidad de Nalveth que, furioso, le había alzado del cuello.
- ¡¿Dónde?! ¡¿Dónde esta Karthael?! ¡¡Habla!!-
-Ya lo sabes... Me dijo que te diera un mensaje: "Ya lo sabes Nalveth, hoy es una de esas noches, una noche de reunión…"-

Nalveth apartó al traidor, lanzándolo por un lado de la pasarela hacia una caída oscura. Su respiración se hizo corta y agitada. Aquellas palabras lo desbocaron. Sabía la terrible verdad que significaban. Dio varios pasos temblorosos hasta que pudo reaccionar. Karthael había planeado aquello para separarle de su padre y de...

-¡¡Neila!!- Nalveth comenzó a correr.
actualizacion tardia!
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